martes, 9 de junio de 2015

De mayor quiero ser...

Yo nunca lo tuve claro. Siempre pensaba que ojalá tuviera una vocación clara, como esa gente que siempre dijo que de mayor sería médico, o astronauta. Luego quizás no llegaran a conseguirlo (en esas frustraciones ya no entro), pero yo deseaba que la vocación llegara a mi, para evitar así tener que decidir algo tan gordo... qué ser de mayor. Es que suena grande eso, no? 
Así te pasas muchos años, bueno, en realidad toda la vida... Yo de mayor quiero hacer, quiero ir, quiero ser...
Y de pronto un día te miras las manos y dices: esas manos no son mías, parecen de una persona mayor que yo. Batacazo que te pegas. Nena, son tus manos, que ya eres mayor. Ostras! Y entonces, qué soy? 

Y es que menudo lío nos montan de pequeños... que nos hacen pensar que de mayor tenemos que ser una sola cosa, trabajar de una sola profesión, qué simple, maravilloso y a la vez qué arma de doble filo es esa ingenuidad infantil...
Claro, que a ver qué niño de 8 años te responde: yo de mayor (qué tú me dirás eso cuándo es exactamente) quiero ser muchas cosas... feliz, para empezar, haciendo muchas cosas, cambiando de profesión, sin tener muy claro qué es lo que mejor haré, probaré cosas, y quiero ser viajero, y amigo, y quiero ser marido/esposa, y quiero ser padre/madre, y quiero ser juerguista!
A ese niño le internamos o le damos un Nobel, no?



Y tú te dices: a ver cómo hago yo para explicarle a mis hijos que no tienen por qué tener claro todo, que no pasa nada y, además, que podrán ser muchas cosas... jaja, me da la risa... bueno, lo intentaremos... pero (aún más difícil) a ver cómo les explicamos que lo importante de esto es aprender a adaptarse a los cambios. Toma ya. Y que no basta con leerse "Quién se ha llevado mi queso", y que da igual lo que te cuenten. Los cambios lo vives, los sufres, los disfrutas, te curten.
Yo, que debo ser torpe, nunca lo vi claro y estos días me vino como una revelación este pensamiento: aceptar los cambios no es adaptarse a algo diferente. Es estar bien con circunstancias que a veces son peores a las previas. Esa es la cuestión para mi. Uno no se adapta de verdad simplemente aceptando. Yo creo que adaptarse es ser feliz cuando te cambian las fichas y la zona de confort. 
Qué tontería, no?
Pues fíjate que a mi este cambio de mentalidad me ayuda a encajar piezas y ser más feliz. Quizás te ayude a ti también.

Ayer me decía una amiga (que no está pasando por su mejor momento): Total, no pasa nada, si no hay mal que cien años dure. Y me quedé pensando... Pues qué refrán tan horrible. ¿Eso es un consuelo? Lo malo no es eterno... Ok, genial, ya estoy mucho mejor. 
Y es que los refranes, siempre tan acertados ellos, de dónde vienen por favor, porque de verdad que en esta línea hay varios muy duros:
-En el país de los ciegos, el tuerto es el Rey. Ah, fenomenal. Fiestón.
-No hay mal que por bien no venga. Total, por decir algo...
-Quien bien te quiere te hará llorar. Qué bien.
-Más vale malo conocido que bueno por conocer. Conformista al máximo
-A cada cerdo le llega su San Martín. Este es muy grande.
-La letra con sangre entra. En serio?
Y así muchos...

Ala, pues con estos pensamientos me tomo hoy el té con leche. 
¿Tú qué quieres ser de mayor?

viernes, 29 de mayo de 2015

Hoy elijo leerlo en español


Oye, es que lo del clima influye en todo, ¿no? Lo de que condiciona el paisaje, el estilo de vida y el carácter de la gente... ya nos lo sabemos, pero ¿y en el arte? yo no creo que Dickens o Shakespeare hubieran escrito igual en el Caribe, ni creo que Lorca o Neruda hubieran escrito de la misma forma en Noruega. Desconozco si existen tesis sobre el tema. No es tan importante este pensamiento mío como investigarlo pero... ¿tú no estás de acuerdo? así sólo como impresión, como idea espontánea... 
Yo ya viví meses de mayo en ciudades sin sol, y créeme que nunca me salieron textos tan tristes. En diciembre asumes que puede llover, hacer frío (si eres de la misma zona del mundo que yo, claro), pero en mayo yo tengo programado el chip de que luce el sol, de que es primavera... y esta siempre viene con el calorcito debajo del brazo. 

Pues así me pillan todos los mayos de nubes, con el pie cambiado.
Y voy por la calle, bajo este cielo londinense típico, y veo este cartel:




Y me digo: ¡Eso es!. Para ellos este clima es normal y este cartel indica un desvío, pero para mi este clima es un infierno y este cartel me indica marcha. Y con una sonrisa me repito (me lo digo de vez en cuando, si): todo depende de la óptica con la que mires las cosas. Así que yo hoy elijo leer en el cartel: "fiesta" en lugar de "desvío". 

Y voy y me tomo una copa de vino mientras mi hija duerme (vale, si, "fiesta" tiene un significado distinto cuando cuidas de un bebé 24/7). Y sonrío y decido escribir a una amiga y decirle que le echo de menos pero que estoy bien (las tengo pelín preocupadas). Y decido hacerle una foto a mi hija, porque no creo que exista nadie más bonito en el mundo, y decido que mañana haremos otra excursión los tres a algún sitio lindo de la lista de "pendientes", y decido que si el martes fue un día difícil, hoy será uno genial.



Y en estas andamos... Lo del "al mal tiempo buena cara" lo escribió una andaluza expatriada de excedencia por cuidado de hijos, no me cabe duda. Y probablemente estaría en Edimburgo, Helsinki o Londres. Seguro. Currándose mucho el sonreír bajo la lluvia y el tener energía, aún durmiendo poco, para ir al parque en mayo, con frío, a tirarse 18 veces por un tobogán, a disfrutar de las risas de bebé con forro polar mientras tu gente te manda fotos de la playa. Y es que ¿sabes qué?... que, como no se puede tener todo, pues yo elijo columpios con lluvia antes que casa con moqueta, elijo disfrutar de estos jardines increíbles que no existirían sin esta lluvia del infierno, elijo lo bueno de aquí y lo bueno de allí... y elijo fiestón antes que desvío. ¡A ver si me dura el espíritu!


lunes, 13 de octubre de 2014

Te escribo para acabar con la "saudade" de mi entusiasmo


Siempre oí decir que la palabra "saudade" (del portugués) no tiene traducción al español... ¿Nostalgia, añoranza, echar de menos?. Ellos te dicen que no, que no es lo mismo. Y es cierto que los matices de saudade no los abriga ninguna palabra.

Yo me mudé de casas, de países... en varias ocasiones, siempre por circunstancias positivas, provocadas, y con experiencias posteriores que hicieron de cada mudanza un principio de etapa especial.
Nunca sentí saudade de forma exagerada. Echaba de menos a mi gente sobre todo y algunos detalles. Procuraba disfrutar lo local y no pensar en lo que faltaba. Ni el jamón, ni el colacao, ni las tapas, ni el trato, ni el sol... bueno, ahí miento. El sol si lo eché siempre mucho de menos!
Esta vez no lo provoqué, fue una decisión consensuada, pero no tan deseada. Eso sí, una vez decidido, hice del cambio una oportunidad. No me fui sin mirar atrás, de hecho, miro cada día... más que atrás, hacia el lado, y feliz, acariciando cada detalle de las vidas queridas que dejo allá.
Esta vez es igual pero esta vez es diferente. No somos sólo la mochila y yo. Esta vez venimos en plural, varios plurales, cargados de ilusiones, de futuro, de trastos y de pañales.
Y es que nadie dijo que fuera fácil vivir como uno siempre soñó, como uno siempre quiso servir de ejemplo a sus hijos. Una cosa es hablar y otra es ser coherente con uno mismo. 
Que los sueños también se hacen realidad en momentos no perfectos, que las ilusiones también acarrean desorden, cajas por medio, casas viejas e interminables inviernos de lluvia...


En fin, que en medio de estas cavilaciones me encontraba los primeros días en Londres, mientras trataba de hacerme un hueco, de hacerme a la idea del cambio, de medio ordenar el nido, cuando por fin, volví a recuperar el entusiasmo que echaba de menos en mi. Saudade de mi propio entusiasmo.
Y es que no suelo yo estar decaída, y cuando lo estoy no me soporto ni yo, imagínate los que me rodean. Espero que mi hija saque el humor y el encanto del padre. 

Y recuperé el entusiasmo, decía. Así, sin más. Recordando que un día llegué a Madrid sola, a Lyon sola, a Nueva York sola... y que me hice el hueco que marcó mi vida con distintas experiencias. Ahora le toca a Londres que le de su oportunidad y me toca a mi hacer el ejercicio de valorar las fantásticas circunstancias que hacen de esta mudanza una OPORTUNIDAD con mayúsculas.

Pero lo cierto es que para recuperar del todo el entusiasmo me doy cuenta de que aún me falta soltar más...
Y es que una no puede quejarse cuando tiene la suerte de poder solicitar una excedencia para dedicarse a su bebé. Una no puede quejarse cuando tiene la suerte de irse a vivir a Londres. Una no puede quejarse cuando alquila una casa en Belsize park. Una no puede quejarse... 
Pues lo siento. Una puede y debe quejarse cuando lo necesite. Que ser muy responsable me ha provocado muchas contracturas en la espalda. Esta es mi revolución de hoy. 

Me quejo si me da la gana... porque solicitar una excedencia estando como está el patio en España, acojona. Esto es así. Y solicitar una excedencia currando en una ONG, acojona aún más... porque quizás aunque quieran, a mi vuelta no puedan contar conmigo. Y me quejo si me da la gana porque dedicar tu vida a tu bebé es obviamente una delicia, y más si es un ángel, pero es cansado y a veces desesperante. Ala, venga, más de uno me dirá que no me reconoce tan políticamente incorrecta. Pues es lo que hay.
Y una puede quejarse aunque se vaya a vivir a Londres, aunque haya gente que se muera de ganas por hacerlo y no pueda, aunque sea la forma de vivir que siempre soñé, porque ahora no me apetecía, porque aunque haré que sea una experiencia increíble y lo disfrutaré y haré felices aquí a los que me rodean, no quita que me mate de pereza la lluvia, que me saque de quicio la burocracia inicial de cualquier cambio y que me reviente que la moda chic sea vivir en casas antiguas, con encanto pero sin ascensor y sin cierres modernos en las ventanas. Que subir un bebé, la compra, los paraguas, abrigos y el carro por las escaleras no es nada chic. Y que por las ventanas chic entra un frío del 15.



Total, que me quejo, que me desahogo y que esta es mi forma de recuperar el entusiasmo. Siempre fue así. Lo suelto todo (ya empecé el lunes vía whatsapp con mis amigas), lo largo, lo echo, y luego, ahora... ¡Como nueva!
Ala, ¿ves? Solucionado.

Feliz de vivir en Londres, feliz de darle a mi hija esta experiencia, feliz de acompañar a mi marido a crecer y feliz de tener la increíble oportunidad de volver a disfrutar de mi madre cerca. La vida da mil vueltas y esta vuelta va a resultar genial. Nada de lo bueno de mi vida aquí viene gratis. Mi media naranja se esfuerza cada día por recordarme que juntos estamos haciendo el camino que queremos. La satisfacción de estar consiguiéndolo es muy grande.

Así que aquí estoy, en una ciudad en la que te cuesta encontrar a alguien local, en la que se respira diversidad y en la que hablan como los listening de los exámenes del first y del advanced. Moría de la risa ayer cuando Leo me decía: "...estiran tanto las palabras que a veces estoy hablando con un inglés y me entran ganas de decirle: -Shakespeare, relájate, que no hay platea, estamos solos tú y yo!-" 

Y si quieres, Londres es una ventana al mundo entero y una lista de opciones de ocio interminable... Londres te invita a caminar desde tu casa hasta un pub, pedirte una pinta, empujar una librería... y bajar unas escaleras hasta cualquier rincón del planeta. Y así, disfrutar de un concierto increíble de la mano de una guitarra y una voz que parece Joplin. Muy loco.




Londres te permite vivir a 15 min de Oxford St pero mirar por la ventana y sólo ver árboles como si estuvieras en plena campiña inglesa. Eso también es Londres.

Y si quieres, y yo quiero, Londres puede ser el mejor lugar para vivir hoy. Así que aquí estoy, organizando mi vida en Londres, feliz y contenta saltando charcos bajo la lluvia y disfrutando del rato de sol. 



No garantizo que todos los post futuros sea optimistas, permíteme algún desahogo más si lo necesito, pero te prometo que la mayoría serán escritos como ahora, con la ilusión de estar viviendo como siempre soñé.

Si quieres, aquí estamos esperándote Londres y yo... ¡para disfrutar de sus planes!

lunes, 21 de abril de 2014

"Hace un tiempo que no me hago caso"

Los sueños, las ilusiones, tienen esa característica... si luchas por ellos, pueden desaparecer... y lo hacen por el mejor de los motivos: se hacen reales.
Y claro, si deseas algo desde siempre, desde que te conoces, y un día se convierte en realidad, te cuesta creerlo.
Por eso, dos semanas después de ser madre, miro a mi hija y me asaltan lágrimas de incredulidad.

Quizás ha pasado poco tiempo como para comenzar a hablar como madre y decir que estas sensaciones que estoy viviendo no se pueden explicar, que no son comparables a nada, que esto hay que vivirlo para entenderlo. Aún me resisto.
Desde que me quedé embarazada he vivido ilusionada cada etapa, disfrutado cada paso, pero también (creo) lo he vivido desde el realismo, sin idealizar, siendo consciente de la carga social que la maternidad acarrea, de lo mal contadas que están muchas historias relacionadas con el embarazo, el parto, el puerperio y la lactancia. Da igual los libros que me haya leído, las opiniones que haya contrastado, los artículos y webs que haya consultado. ¡Todo salió diferente! Y es genial, la vida no deja de sorprenderte y de enseñarte. Y no dejo de alegrarme de haber tenido información para sentirme más segura y contar con más recursos (a pesar de que mi padre sigue diciendo que el sentido común y el cariño me irán dando las respuestas para con mi hija... Él, que tanto lee, aboga porque me deje llevar por mi propia naturaleza de madre... será que los sabios son así).

Y decía que me resisto al tópico de "hay que vivirlo para entenderlo" porque sí se puede expresar lo que se siente, sí se puede uno imaginar antes de ser madre o padre lo que es tener un hijo. Es grande, muy grande, pero, en homenaje a Gabo, que nos ha dejado huérfanos estos días, se tiene que poder expresar lo que uno siente en uno de los momentos más felices de su vida, ¿no? con letras, con teclas, con palabras, como sea. Nunca lo podremos expresar tan bien como él lo hacía, pero podemos intentarlo.


Tener un bebé es increíble, es emocionante, es desconcertante y apasionante.
Cierra los ojos y piensa en tu momento de más paz interior, de más felicidad, de más amor... pues así, a lo grande, te sientes cuando miras a tu hijo recién nacido.  Quizás otras madres o padres lo vivan de forma diferente, pero seguro que a todos impresiona.
Es duro a veces, sientes mucho miedo a que le ocurra algo, no creo haber sentido antes ese pavor, es tan fuerte que te remueve las entrañas. Pero los miedos y el cansancio desaparecen cuando sonríe, cuando te mira sin verte, cuando respiras su olor, cuando le abrazas y a la vez recibes un abrazo de tu pareja. De pronto, te das cuenta de que uno más uno suman tres. Y lloras de emoción, y vuelves a vivir esa sensación de incredulidad. No puede ser, ¿de nosotros ha nacido esta maravilla?
¿Cómo lo hemos hecho tan bien? jajaja. Porque no puedo comprobar si es verdad que los padres siempre ven bonitos a sus hijos. Siempre pensé que algo de objetividad se conserva, sin embargo, no soy capaz de saberlo en mis propias carnes, porque... o mi hija es preciosa o soy tan subjetiva que la veo lindísima. ¿Qué más da?

Y la miras mientras duerme, y respiras hondo porque no das crédito a que algo tan pequeño funcione tan bien, sea tan hermosa y genere tanto amor a su alrededor. Qué perfecta te parece...
Y sueñas con que todos los niños del mundo pudieran tener su suerte.
Y le dices que la quieres, porque es tu hija. Que la querrías igual si no hubiera nacido de tu vientre, pero que ha sido maravilloso tenerla dentro, y que te hace feliz sólo con existir.
Y la miras, y te emocionas de nuevo, porque ves en ella tus ojos y te parece, otra vez, increíble. Y de pronto, sonríe, y ves en sus labios la sonrisa de su padre, de quién estás locamente enamorada, y sientes que no se puede ser más feliz.
Y llora con desconsuelo, pero se calma cuando la coges, la abrazas, le das el pecho y le hablas. Y entonces sientes que eres tú su consuelo. Esa sensación es nueva para ti, maravillosa y, otra vez, increíble. Y entonces se te olvida que aún no puedes moverte bien, que estuviste en un quirófano hace unos días... Se te olvidan los dolores y las incomodidades que sientes. Todo fuera, zas, de golpe, al olvido.
Y ríes y lloras, y dejas que las hormonas vuelvan a hacerte de las suyas, pero te da igual, porque lo que sientes es maravilloso, así que, sea todo real o sea fruto del coctel de las drogas de tu propio cuerpo mezclado con algunas sensaciones ajenas a ellas, te dejas llevar.

Y descubres que sí tienes tiempo para ducharte antes de las seis de la tarde, que no es todo tan trágico como mucha gente te contaba (sin duda, también es cierto que todo es más fácil cuando la bebé tiene cerca a la abuela más incondicional y entregada).
Tu mundo se vuelve del revés, pero en gran parte porque tú quieres que así sea, porque tú dejas que así sea. Porque decides quedarte observando esas muecas que hace en lugar de hacer la cama, porque decides abrazarla cuando se despierta en lugar de dejarla en la cuna más tiempo, porque prefieres hablarle y disfrutar de esos ojos enormes abiertos en lugar de pensar tranquilamente qué ropa ponerte.
Y es que da tiempo de hacer más cosas, el tema es que no te apetece tanto como antes. Ha nacido tu mejor pasatiempo, tu mejor entretenimiento, tu pasión, tu ilusión, tu alegría, tu mejor plan de lunes por la mañana y de viernes por la noche. Esto quizás cambiará, pero cuando tu bebé tiene dos semanas, no eres capaz de imaginar nada mejor que hacer que tenerla cerca, sentir su olor, mirarla y abrazarla.

Así que te pasará como a Gabo cuando Sabina le preguntó "¿Cómo estás?".
"No sé, respondió, hace tiempo que no me hago caso".

jueves, 4 de julio de 2013

Mi brújula

Atardece cada día, pero no siempre atardece igual para mí, ni para ti. Lo que para algunos es una forma normal de vivir, para mí aún es un pequeño reto: conseguir disfrutar de cada atardecer pero sin estresarme nada en el proceso. Suena obvio, pero algunos somos más torpes que otros y el concepto del rápido paso del tiempo aún no lo tengo bien encajado del todo. Estoy en ello, y creo que estoy mejorando… o eso me dicen los que me quieren y me conocen. ¿Lo harán como refuerzo positivo? ¿Será verdad? Voy a creerles…

Si pierdo el norte, me vengo al Sur.
Se puede perder el norte por un rato, durante una época, perderlo del todo o solo desorientarte un poquito. En cualquiera de los casos, cada uno busca su brújula.
Mi brújula es mi gente y mi brújula es mi sur. Si pierdo el norte, me vengo al Sur.
Seguro que tú tienes un sitio donde sientes más paz que en ningún otro lugar. Seguro que hay un entorno donde te sientes tranquilo, en casa, a gusto.
Para mí, ese lugar es mi Sur.
Mi nido está en otro sitio, en otra ciudad más al norte, que adoro, que está llena de vida, de amigos-familia y de historias vividas y por vivir.
Pero mi norte sigue siendo mi Sur.
Lo llaman raíces. Será eso.
A mí se me antoja paz.

Pasados unos meses viviendo por primera vez fuera de casa, tenía 17 años, cogí el tren que me llevaría a casa unos días. Durante ese trayecto escribí unos versos sobre el Sur, sobre lo mucho que lo echaba de menos. Desde entonces, no me he atrevido a escribirle de nuevo.

Si pierdo el norte, vengo al Sur.
Porque la luna brilla diferente, porque la luz invade los rincones de otra forma, porque el acento de la gente me sabe a infancia, porque los olores suenan a mar y, por supuesto, porque los atardeceres bañan el mar de una forma que hace que se me acelere el corazón y los ojos se me llenen de lágrimas de felicidad, de paz.


Estos días estoy recuperando el norte… desde el Sur. Qué felicidad.




jueves, 6 de septiembre de 2012

Pensamientos bajo tierra

Huyo de los estereotipos. Los que me conocen saben que no me gusta generalizar ni encasillar a la gente, pero seamos realistas, están ahí y todos caemos en ellos.
En esta nueva etapa de mi vida, en la que me desplazo al trabajo en metro, me encanta observar a los compañeros de madrugones. 
Estamos todos haciendo lo mismo, trasladándonos adormilados desde casa hasta el trabajo, probablemente pensando en cosas similares (no nos engañemos, ninguno es tan especial como para pensar en cosas que otros no pensaron antes... Al menos tiene que haber uno o dos en mi vagón que van pensando en lo mismo que yo... Por el poco espacio que queda libre yo diría que hay muchas posibilidades de que esto ocurra...). Bueno, que me desvío, la cosa es que vamos todos haciendo lo mismo y teniendo vidas más o menos parecidas (si estuviéramos forrados no iríamos en metro, o no trabajaríamos, sin duda no madrugaríamos...) y si estuviésemos bien jodidos o sin curro, no estaríamos en la hora punta montados en un vagón.

Total, a lo que voy... que con vidas más o menos parecidas, qué diferentes somos en apariencia, oye.
No todos percibirán esas diferencias desde fuera. Los orientales que no nos traten con frecuencia nos verán a todos iguales (gran estereotipo: los chinos son todos iguales. mal...), los indios que no acostumbren a ver un vagón repleto de blancos nos verán a todos iguales (estereotipo: los indios son todos iguales, no los distingo. mal...). Pero mirándonos entre nosotros, madre mía cómo somos diferentes...

Pues eso, estereotipando, que si algo me gusta es que los estereotipos me desconcierten! Y aquí viene mi gran aportación: es muy interesante dejarse sorprender por la lectura de la gente y ver cómo a algunos individuos no "les pegan" nada los libros que leen!!

Gran aportación a la sociología. Lo sé... (mi suegro, que es un prestigioso Doctor en la materia, no tendrá palabras para alabar tan grandiosa aportación a esta disciplina). 
Pues este es el tema, que me resulta maravilloso ver a esa señora con las sandalias medio rotas, las uñas mal pintadas, ese pantalón rojo de rayas que no pega nada con esa camiseta morada y azul, y ese moño mal hecho, con las mechas de hace cinco meses, leyendo (tachán...) La vida es sueño, de Calderón. 
¿Qué te parece?
Genial, ¿no?

Pero es que tengo otra sorpresa mejor de mi día. En el trayecto de vuelta (en este hay más ruido y menos espacio en el vagón) tenía sentado en frente a un joven con pintas de esas con las que mi abuela querría echar a correr, tatuajes por todos lados, uñas pintadas de negro (no eran fruto de trabajar con martillos), piercings everywhere, música en los auriculares a toda pastilla, pelo sucio o muy sucio, y, uf, un olor a perros que echaba para atrás. Pues rompiendo estereotipos, señores, en sus manos tenía........ Crimen y Castigo, de Dostoyevski.
Maravilloso.

Y alguien dirá rápidamente que en la literatura no hay estereotipos... Que no entiende de razas, colores, olores o vestimentas. Pues claro, seguro. Y ese alguien llevará razón y estas sorpresas solo son fruto de los preconceptos que todos tenemos y que tan poco me gustan...
Pero fíjate por dónde, gracias a los estereotipos yo me llevo sorpresas en el metro cada día. 

Me encanta ver que libros escritos hace siglos llegan a manos tan diversas, cómo historias del pasado son tan actuales... 

Esto me hace pensar dos cosas: la primera que sus autores son unos genios... y la segunda, que la reflexión inicial sobre que no pensamos/sentimos cosas nuevas es bastante lógica, aquello de no hay nada nuevo bajo el sol. Los escritos del pasado están cargados de sentimientos, reacciones e historias que hacen que nos sintamos identificados.

Conclusión, que hoy varios de mis compañeros de metro deben, como yo, ir pensando que prometen acostarse antes esta noche porque les ha costado horrores madrugar esta mañana y que, por fin, mañana es viernes...



sábado, 21 de enero de 2012

Cabria* al pasado


Cuando visito la Alhambra, imagino la historia de mis antepasados; cuando paseo por el museo del Prado leo la historia de mi país; cuando vengo a la Mina, revivo mi historia.

En una casa de Villanueva del río y minas dió a luz mi abuela. Todos cuentan que el día que mi madre nació, nevó por primera vez en el pueblo.

Cuando paseo por los jardines del Ayuntamiento de la Mina imagino a mi padre, siendo un niño, saliendo por esa puerta, pues antes era el colegio de los Maristas.

Crecer en la Mina no era fácil, y en la época de Franco debía de serlo aún menos. No faltan detalles que te pondrían la carne de gallina.

Pasear por sus calles significa imaginar a mi abuela y a mi tía abuela yendo al mercado. Ver la chimenea y la jaula en la que mi abuelo se encerraba para meterse bajo tierra significa imaginar su sensación de temor e incertidumbre.

Hoy me decía mi tío: “no puede haber un trabajo más duro que el de minero”, y quizás sea cierto.
Las explosiones en las gargantas del pueblo era frecuentes. Dice mi tía “cuando sonaba esa sirena, el pueblo temblaba”.

Crecer temiendo que la sirena sonara cuando tu padre está en la mina, deja huella. Mi padre no ha vuelto al pueblo desde que se fue. No es suficiente el orgullo de ser el primer hijo de minero que terminó la Universidad.

Mirando la jaula, Leo me decía: “Tu familia se esforzó mucho para que tú hoy vivas tan bien. Te lo mereces, pero no se nos puede olvidar”.

La abuela de Leo pasó 4 años encerrada, cuidando de 5 niños, temiendo que los alemanes invadieran su pueblo, perdido en el centro de Italia.

Mi abuela cumple 90 años dentro de tres meses. “Tu bisabuelo era panadero”, me cuenta, “por eso no pasamos hambre en la posguerra, imagina qué suerte la nuestra!”

Hoy entré en la iglesia del pueblo con mi madre. “Aquí se casaron tus abuelos, hija, y aquí hicimos todos la comunión”.
Imaginaba yo a mis tíos y a mis padres, de chicos, con ese único par de zapatos que tenían, sentados en los bancos de su iglesia, con las piernecitas colgando.
“Cuando nos quitábamos las sandalias, se nos quedaba la forma porque el resto del pie estaba negro” me decía mi madre. Y es que la mina de carbón no daba tregua...

La estación de tren está igual.

Siempre me encantaron esos libros que te venden en Roma, en Egipto, donde superponen una hoja con una imagen de “cómo sería” una construcción, y, cuando pasas la hoja, ves el “cómo está ahora”, medio destruido. Me encantan las documentales que reconstruyen civilizaciones. Viajar en el tiempo sería para mí maravilloso.

Así que cuando paseábamos por la estación, imaginaba a mi madre volviendo de sus largas temporadas en el internado, deseosa de llegar a casa con los suyos; o imaginaba a mi padre cogiendo el tren a Sevilla.

Cuando la mina cerró, el pueblo comenzó una nueva etapa. La época de la plaza llena, la escuela abarrotada y la Rivera con bañistas dejó paso al pueblo tranquilo y las casas vacías entre semana.
Los viernes por la tarde el pueblo despierta, y muchos de los que se fueron, vuelven a las casas de sus mayores.
Descansan, recuerdan y escriben el futuro del pueblo.

La casa de mi tía Lucía, la hermana de mi abuela, era pequeña, pero yo no la recuerdo tan chica. La recuerdo marrón, con su mesa camilla y todos alrededor, en la cocina. Recuerdo que mi tía Lucía era la persona de mi familia que más horas podía pasar cepillándome el pelo mientras me contaba historias del pueblo sin parar.

Hoy, esa casa es una obra de arte. Mis tíos y mis primos la han adaptado a sus necesidades y la han convertido en una casa cómoda, moderna y apacible, conservando el encanto de la casa que era.
Lo que antes era el postigo es hoy un espacio de paz, con césped, plantas aromáticas y una piscina. Rodeada de árboles, se escuchan pájaros mientras escribo.

El sol del sur es especial hasta en invierno. Reconforta en cualquier época.

Mis primos han creado su espacio para tocar música, guardar sus instrumentos, mi tía tiene su espacio para escribir y leer, mi tío tiene sus cactus y plantitas en su rincón.
Es una casa muy especial.
Para mí, esto es arte. Hacer de lo antiguo algo moderno, de lo viejo algo útil, de tus raíces, en definitiva, tu futuro.
Por eso me gusta venir a la Mina, porque es mi pasado y porque sin él no puedo tener futuro.

Estoy muy orgullosa de mi familia.
Son un ejemplo de sacrificio, de mejora, de capacidad de adaptación, y son, sobre todo, un ejemplo de generosidad.

Mi generación es muy afortunada gracias a la anterior.
Y yo me siento especialmente afortunada gracias a mi familia.

Que no se me olvide que tengo que traer algún día a mis hijos a la Mina.

* "Cabria" se llama a la estructura de hierro que sujeta la jaula que bajaba a los mineros a la mina para la extracción del carbón.